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LO QUE ME MOLESTA Y LO QUE ADMIRO DE CAMUS (Abelardo Castillo)

by mondoescrito marzo 15, 2012
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Te voy a decir lo que me molesta y lo que admiro en Camus. Admiro su obra de ficción, empezando por La caída y siguiendo por El extranjero. Nunca terminé de leer La peste: a los veinte años me aburrió. Tal vez la relea esta misma noche y cambie de opinión. Me fascinó hasta el deslumbramiento su libro póstumo inconcluso, El último hombre. (…) Me molestan, a veces, sus ensayos. La famosa frase sobre que el suicidio es la única idea filosófica digna de ser pensada, aparte de ser ajena me parece un énfasis: es demasiado espectacular, demasiado construida e incluso demasiado francesa. No quiere decir realmente nada. Camus se pregunta si la vida merece la pena ser vivida. ¿Qué significa eso? De qué vida habla, de la vida de todos los hombres y mujeres y chicos. ¿De la vida en general? Yo te aseguro que mi gato Agustín y mi gata Tatiana tienen la absoluta certeza de que vivir vale la pena. La pregunta correcta, la verdadera pregunta comprometedora es ésta: Mi vida, ¿vale la pena? Mi vida, no la vida. Lo único que puede honradamente preguntarse un hombre es si él tiene derecho a vivir. Ese tipo de generalización sublime me irrita. Me hace el mismo efecto que esos señores que se preguntan si la literatura en general tiene sentido cuando deberían preguntarse qué sentido tiene, para ellos, escribir.
Abelardo Castillo
-El oficio de mentir / Conversaciones con María Fasce –
marzo 15, 2012 0 comments
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LAS CITAS BÁRBARAS

by mondoescrito marzo 7, 2012
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No dotado de gran genio, pero blandiendo honradamente su experiencia desde el fondo de su corazón, conservó su sencillez y su humanidad.

 

Nanao Sakaki
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MONÓLOGO EN EL BAÑO – Henry Miller

by mondoescrito febrero 16, 2012
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LA LIMITACIÓN Y EL ESTILO

by mondoescrito febrero 8, 2012
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Es reconfortante sostener que algunos escritores importantes desarrollan su estilo  a partir de evitar sus debilidades mayores. Hemingway no era capaz de escribir una frase larga, compleja, con buena arquitectura en la sintaxis. Pero convirtió esa incapacidad en su habilidad personal de escribir breves frases declarativas o largas oraciones fluidas conectadas con conjunciones. Faulkner, por el contrario, no era capaz de escribir con sencillez, pero sus oraciones demasido opulentas , congestionadas, producían una atmósfera extraordinaria. A su vez, Henry Miller rara vez podía contra bien una historia. Prefería sus excursiones apartadas de la historia, y esos apartes son lo que lo hizo excepcional.
Norman Mailer
-Un arte espectral-
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LAS CITAS BÁRBARAS

by mondoescrito enero 24, 2012
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El lenguaje no es otra cosa que la exteriorización codificada de las cosas que uno siente. Yo, por ejemplo, no siento la poesía. A mí me conmueven cosas que dan francamente vergüenza. Por ejemplo, me voy a cortar la barba regularmente y hace muchísimos años a «La Tijera Loca», una peluquería atendida por Lozano padre e hijo, que tienen dos slogans: «Los cortes de Lozano se peinan con la mano» y «Corte por Lozano». Un día voy y no lo veo al padre, y le pregunto al hijo, que me dice «no sabés lo que pasó: se murió, acá mismo, estaba cortando el pelo y se murió». Ahí me tenté, porque pensé cómo le quedó el corte al tipo, y me imaginaba su pobre destino, porque no tenía derecho al pataleo; y supongo que se tuvo que ir, y habrá ido a otra peluquería, y el otro peluquero le habrá preguntado ¿Qué le pasó? Se me murió el peluquero. Y el otro peluquero le debe haber dicho ah, yo no se lo corto. Y debe estar vagabundeando por ahí, sin que nadie lo atienda.
Ricardo Ragendorfer
 
enero 24, 2012 1 comment
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EL REALISMO, ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA (César Aira)

by mondoescrito diciembre 10, 2011
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UDP Cátedra Bolaño – César Aira from udp on Vimeo.

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CUADERNO DE NOTAS (Anton Chéjov)

by mondoescrito noviembre 20, 2011
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En los últimos trece años de su vida, el escritor de La dama del perrito llenó numerosas libretas con apuntes de futuros trabajos, anotaciones acerca de la vida cotidiana, observaciones sobre el comportamiento de la gente, etcétera. El resultado es una obra —inédita en español— escrita con levedad y un humor delicado y al mismo tiempo agudo de la que ofrecemos la siguiente selección.

El deseo de servir al bien común debe ser obligatoriamente una necesidad del corazón, una condición de la felicidad personal; si no proviene de allí, si nace sólo de consideraciones teóricas o de otro tipo, no sirve.

Los hipócritas ordinarios aparentan ser palomas; los hipócritas de la política y de la literatura, águilas. Que su aire aquilino no te intimide. No son águilas, sólo ratas o perros.

Ahora la gente se vuela la tapa de los sesos porque está harta de la vida o por razones semejantes; en otra época, por haber malgastado dinero del erario público.

¿Por qué a Hamlet lo obsesionaban tanto las visiones del más allá, cuando nuestra vida real está presa de imágenes mucho más horribles?

Pedí a un músico muy conocido una entrada para un joven; me respondió: “Se ve que usted no es músico”. Le respondí: “Se ve que usted es rico”.

Lo que sentimos al estar enamorados es, probablemente, normal. El estado amoroso indica a cada persona cómo debe ser.

El cuñado, después de la cena: “Todo llega a su fin en este mundo. Recuérdenlo: quien se enamora, sufre, se equivoca, se arrepiente; y quien deja de amar, recuérdenlo también, comprende que ha llegado el fin de todo”. La amante del cuñado encanecía. El cuñado aún era muy bello.

Él piensa que comprende el arte y el estilo antiguos… Con aire de connoisseur, mira los cuadros, y el anticuario, aunque lo alaba, en secreto se asquea de su ignorancia y termina haciéndole pagar lo que él quiere. Visita exposiciones, a los grandes marchands…, por momentos se queda contemplando largamente las pinturas, los grabados, los bibelots… y al fin compra una chuchería, un cuadrito de pacotilla. Así revela su verdadero rostro.

El cuñado corteja a la joven esposa. “Lo que usted necesita es un amante”.

Él no había sido feliz más que una sola vez en su vida: bajo un paraguas.

La hija trataba de que el viejo volviera al buen camino, dándole a entender que había de morir pronto, que le era imprescindible arrepentirse; pero todo se estrellaba contra un muro de auto-admiración.

Sírvame una porción de gran maestro de la calumnia y la maledicencia con puré de manzanas, por favor. El camarero, que no comprendía, molesto con su propia falta de perspicacia, hubiera querido responder algo, pero Pochakín le echó una mirada severa y le dijo: ¡Fuera! Poco más tarde el camarero trajo lengua con puré: había comprendido.

Un hombre honesto llega a sentir vergüenza, a veces, delante de un perro.

Una muchacha pobre, alumna del Liceo, cinco hermanos, se casa con un funcionario adinerado que le echa en cara cada pedazo de pan, le exige obediencia y gratitud (él es el autor de su felicidad), se burla de su familia. “Toda persona tiene sus obligaciones”. Ella lo soporta todo, tiene miedo de contradecirlo, terror de volver a caer en la pobreza. Cierto día, uno de los superiores de su marido los invita a un baile. En este baile, la joven esposa causa sensación. Un hombre importante se enamora de ella, la convierte en su amante (desde ahora, pase lo que pase, tendrá de qué vivir). Y al ver que los jefes la adulan y su marido la necesita, empieza a hablarle a éste con desprecio: “¡Vete al diablo, imbécil!”

Extracto del Diario de un perro viejo: “Los humanos no comen los huesos que la cocinera hizo hervir para la sopa, ni beben el agua en que los hirvió. ¡Qué idiotas!”

Es necesario educar a una mujer de modo que sepa reconocer sus errores; de otro modo, siempre creerá tener razón.

Suba, suba usted esa escalera que llaman la Civilización, el Progreso; ascienda, sí, se lo aconsejo sinceramente. ¿Que adónde sube? Pues le digo la verdad: no tengo la menor idea. Pero sólo porque existe esa escalera vale la pena vivir.

Predicar la novedad en el arte es propio de los inocentes y los puros; pero ustedes, rutinarios, ¡ustedes han tomado el poder y no consideran como legítimo sino lo que ustedes hacen! ¡Nada más! El resto del arte, ustedes lo aplastan.

No existe una “ciencia nacional”, del mismo modo que no existe la tabla de multiplicar nacional; lo nacional no tiene nada que ver con lo científico.

“Hazte amigos de injusta riqueza”, reza el proverbio, porque la riqueza justa no existe ni puede existir.

Los muertos no se avergüenzan aunque hieden horriblemente.

Si alguien elije una ocupación que le es ajena, el arte por ejemplo, se vuelve infaltablemente un funcionario. ¡Cuántos funcionarios en la ciencia, el teatro y la pintura! A aquel a quien la vida le es ajena; a aquel que no está dotado para la vida, no le queda más remedio que volverse un funcionario.

Me he dado cuenta de que, no bien uno se casa, pierde toda curiosidad.

Tiene dos esposas: una en Petersburgo, la otra en Kerch. Y, todo el tiempo, escándalos, amenazas, telegramas. Llega al borde del suicidio. Pero termina por encontrar una solución: vive con sus dos mujeres juntas. Las dos están estupefactas, como petrificadas: pero es así como se callan, se vuelven inesperadamente silenciosas.

Detrás de la puerta de un hombre feliz debería haber siempre alguien con un pequeño martillo: alguien que no dudara en darle un golpecito para recordarle que hay gente infeliz y que después del tiempo de la dicha vendrá el de la desdicha, infaltablemente.

Una correspondencia. Un joven sueña con consagrarse a la literatura. No deja de decirlo en las cartas a su padre. Por fin se decide abandonar su empleo y parte a Petersburgo y se consagra a la literatura… consiguiendo el puesto de censor.

Un hombre, a quien la rueda de un vagón arrancó una pierna, se inquieta porque en la bota de la pierna perdida había 21 rublos.

Contenta de que los invitados por fin se marchen, la dueña de la casa dice: Pero quédense un poco más. ¿Qué tienen que hacer ahora?

¿Qué se puede esperar de un hombre que después de haber cometido tantas ignominias es capaz de llorar?

Que las generaciones futuras alcancen la felicidad: pero, eso sí, sin dejar de preguntarse qué ideales tuvieron sus antepasados, en nombre de qué sufrían.

El hombre del estuche. Él, metido en sus botas de goma. Su paraguas dentro del estuche. Su reloj adentro de una caja. Su cuchillo dentro de la vaina. Tendido en su ataúd parecía sonreír: había alcanzado su ideal.

“…Esa mujer… Me casé a los veinte años, no he tomado un solo trago de vodka en toda mi vida, no he fumado un solo cigarrillo…” Y sin embargo… Después que hubo pecado todos lo amaron más aún y le tuvieron más confianza. Y, caminando por la calle, comenzó a darse cuenta de que la gente era más tierna y gentil con él, sólo porque era un pecador.

Una mujer de ideas radicales, que sin embargo se santigua cada noche antes de dormirse y está secretamente llena de prejuicios y supersticiones, escucha decir que para ser feliz hay que hacer hervir, de noche, un gato negro. Roba un gato y, cuando todos duermen, se lo cocina.

Hay escritores cuyas obras, consideradas por separado, nos parecen brillantes, pero en conjunto apenas si nos impresionan. Por el contrario, en otros casos, un solo libro no nos sugiere nada en particular, pero el conjunto de las obras nos parece límpido y brillante.

N toca a la puerta de una actriz; está confundido, su corazón late fuerte, finalmente tiene miedo y huye; la criada abre la puerta y no ve a nadie. N vuelve, toca de nuevo la puerta, y una vez más no se atreve a entrar. Por fin llega el conserje y le da una paliza.
N se casa. Su madre y su hermana atribuyen a la mujer una cantidad enorme de defectos, están muy afligidas. Sólo dentro de tres a cinco años comprenderán que la mujer es exactamente como ellas.
El perro detesta al maestro particular: no lo dejan ladrarle. Lo mira, no ladra, pero cada tanto llora de odio.
La muerte nos causa espanto. Pero sería aún más espantoso saber que viviremos eternamente, sin morir una vez sola.
La universidad desarrolla todas nuestras capacidades, incluso la idiotez.
Festejaban el cumpleaños de un hombre modesto. Aprovechaban la ocasión para hacerse ver, para halagarse los unos a los otros. Y no fue sino al fin de la velada cuando cayeron en la cuenta: el héroe de la fiesta no había sido invitado, se habían olvidado de él.
¡Qué hartos estamos de nuestro propio servilismo, de nuestra hipocresía!
“Cigarras de la mejor calidad”, leía X, al pasar todos los días por la calle y, cada vez, se sorprendía: ¿cómo es posible que vendan cigarras, y quién puede tener necesidad de una cigarra? Sólo treinta años más tarde leyó con atención: “Cigarros de la mejor calidad”.
Algunas clases, no las que trabajan sino aquellas que se proclaman dirigentes, no pueden privarse mucho tiempo de la guerra. Sin guerra, se aburren. La ociosidad los fatiga y los enerva, no saben ya para qué viven, se devoran mutuamente, ponen todo su esfuerzo en decirse la mayor cantidad de maldades posible, aunque tratando de quedar impunes. Pero llega la guerra, afecta a cada uno, se inmiscuye en todas partes, y la infelicidad va tejiendo lazos entre los unos y los otros.
Una señorita coqueta, entre risas: “Todo el mundo me tiene miedo… los hombres, el viento… Ah, qué importa… ¡No me casaré jamás!” Su hogar es una desgracia, su padre es alcohólico.
Si la gente pudiera ver cómo trabaja con su madre, cómo ella misma se esfuerza por esconder a su padre, todos le profesarían un respeto profundo… Pero también se asombrarían de que le dé tanta vergüenza su pobreza, su trabajo, y que no se avergüence de las tonterías que dice.
Una niñita, deslumbrada por su tía: Qué bonita es… ¡como nuestro perro!
Un niño de buena familia, caprichoso, malcriado, testarudo, agota a toda su familia. Su padre, un funcionario, mientras está tocando el piano, siente que lo odia. Un día lo lleva al fondo del jardín y lo castiga con placer y, enseguida, siente un profundo disgusto. El hijo llegó a oficial, pero el disgusto persistió.
La madre es una mujer de convicciones, el padre también. Dan clases. Escuelas, museos, etc. Ganan dinero. Y sus hijos son la gente más ordinaria que puede imaginarse: derrochan, especulan en la bolsa.
Marido y mujer tienen siempre invitados en casa, porque si se quedan solos, se estrangulan.
Si no quieres tener mucho tiempo, no hagas nada.
Son miembros de una sociedad para el fomento de la sobriedad, pero beben cada tanto una copa.
El hombre inteligente dirá: “Eso es mentira, pero como el pueblo no puede vivir sin la mentira, como la historia la ha consagrado, sería muy peligroso suprimirla de un solo golpe; dejemos intacta la mentira por el momento, sólo con algunas correcciones”. Pero el genio dirá: “Es una mentira: no debe existir”.
Un escritor sin talento alguno, que se obstina en escribir, hace pensar, por su orgullo, en un pontífice.
La esposa es escritora. Esto disgusta al marido que, sin embargo, por delicadeza, nunca le dice nada, y sufre toda la vida.
Destino de una actriz. Al principio: una buena familia de Kerch, una vida tediosa, una sorprendente pobreza de impresiones. Después, la escena: la virtud, el amor ardiente, los amantes. El final: se envenena, pero sin éxito. Vuelta a Kerch: vive con su tío, delicias de la soledad. La vida le ha demostrado que un artista debe abstenerse del vino, del matrimonio, de la barriga prominente. La escena no será un arte sino el porvenir; por el momento, no es más que una lucha por el propio futuro.
(Enojado, sentencioso.) —¿Por qué no me das a leer las cartas de tu mujer? Somos parientes, después de todo.
Para una pieza: un personaje que miente todo el tiempo, sin necesidad ni razón.
Cuando un actor tiene dinero, no son cartas lo que envía, no, sino telegramas.
Todo es mejor allí donde no estamos; el pasado sólo puede parecernos maravilloso cuando lo dejamos atrás.
Un hombre, muy culto, miente toda su vida a propósito del hipnotismo y del espiritismo, y todos le creen. No obstante, es un hombre de bien.
El amor. O bien esto es lo que queda de algo que fue desvaneciéndose pero que otrora fue inmenso, o bien es una parte de algo que un día se volverá inmenso pero que, en el presente, sólo deja insatisfacción y brinda mucho menos de lo que se esperaba.

Una mujer de muchísimo dinero, lo esconde por todas partes: alrededor de su cuello, entre sus piernas.

No me espantan ya los esqueletos. Me espanta que ni los esqueletos me espanten.
NN, hombre de letras y crítico, seguro de sí mismo, muy liberal, perora (a propósito de la poesía): acepta esto, desprecia esto otro y no comprende que es un hombre sin el mínimo talento (yo no lo he leído). Alguien propone partir para Ai Petri. Yo digo: lloverá. Pero allí vamos, de todos modos. Barro en la ruta, llueve, el crítico está sentado junto a mí, y yo compruebo su mediocridad. Lo atienden con sumo cuidado, lo tratan como a un obispo. Cuando el tiempo se aclara, yo vuelvo a pie. ¡Con qué facilidad se deja engañar la gente, cómo aman a los profetas, a los visionarios, qué chusma…! Otro hombre de pro nos acompaña: un consejero de Estado, de edad madura, que no dice palabra, persuadido de tener razón, desprecia al crítico porque está tan desprovisto de talento como él. Y una muchacha que tiene miedo de sonreír en presencia de tanta gente inteligente.
Entre los insectos, el gusano se vuelve mariposa; entre los humanos, por el contrario, es la mariposa la que se vuelve gusano.
Más vale morir a manos de un imbécil, que recibir de él un solo halago.
Comenzó una relación con una mujer de 45 años y a escribir historias de horror, casi al mismo tiempo.
Un viejo de 80 años dice a otro, de 60: ¿No le da vergüenza, joven?
Si usted teme a la soledad, no se case.
Un consejero de Estado, un hombre respetable. De pronto se descubre que, sin que nadie lo sepa, es el dueño del prostíbulo.
Para estudiar a Ibsen, ha aprendido el sueco, le ha consagrado mucho tiempo de trabajo; y de pronto se da cuenta de que Ibsen es un escritor mediocre; y se pregunta qué podrá hacer ahora con su sueco.
Una joven inteligente: Yo no sé fingir… yo no miento jamás… yo tengo principios… Todo el tiempo yo… yo… yo…
Todo aquello que los viejos no pueden hacer está prohibido o se considera punible.
Qué agradable quedarse en casa cuando la lluvia tamborilea sobre el tejado y sabes que no tienes alrededor a nadie que te moleste o que te aburra.
Dios mío, no me permitas juzgar aquello que no comprendo o no conozco. No me dejes siquiera hablar de ello.
Mi lema: No necesito nada.
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Anton Chéjov. Cuadernos de notas (Traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela, introducción de Vlady Kociancich). La Compañía, México, 2011. 187 pp

Vía Milenio Online
https://impreso.milenio.com/node/8992945
noviembre 20, 2011 0 comments
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ALIMENTANDO A LA MUSA (Ray Bradbury)

by mondoescrito noviembre 1, 2011
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No es fácil. Nadie lo ha hecho nunca de modo sistemático. Los que más se esfuerzan acaban ahuyentándola al bosque. Los que le vuelven la espalda y se pasean despreocupados, silbando bajito entre dientes, la oyen andar tras de ellos con cautela, atraída por un desdén cuidadosamente adquirido.
Por supuesto, hablamos de La Musa.
El término he desaparecido del lenguaje de nuestro tiempo. Las más de las veces sonreímos al oírlo y evocamos imágenes de una frágil diosa griega cubierta de helechos, arpa en mano, acariciando la frente de nuestro sudoroso Escriba.
La Musa, entonces, es la más asustadiza de las vírgenes. Se sobresalta al menor ruido, palidece si uno le hace preguntas, gira y se desvanece si uno le perturba el vestido.
¿Qué la aflige?, se preguntarán ustedes. ¿Por qué la estremece una mirada? ¿De dónde viene y adónde va? ¿Como lograr que nos visite por períodos más largos? ¿Qué temperatura la complace? ¿Le gustan las voces fuertes o las suaves? ¿Dónde se le compra el alimento, de qué calidad y cuánto, y a qué horas come?
Podemos empezar parafraseando un poema de Oscar Wilde, sustituyendo la palabra «Arte» por «Amor»:
El Arte escapará si tu mano es floja,
y morirá si aprietas demasiado.
Mano leve, mano fuerte, ¿como saber
si retengo el Arte o lo he soltado?
Qué cada cual reemplace «Arte» por «Creatividad», o «Inconsciente» o «Ardor», o cualquier palabra que describa lo que ocurre cuando uno gira la rueda de fuego y un relato «sucede».
Quizás otra forma de describir a La Musa sería reexaminando esas pequeñas motas de luz, esas etéreas burbujas que cruzan flotando la visión de todos, diminutas pecas en la lente externa y transparente del ojo. Inadvertidas años enteros, pueden volverse de pronto insoportablemente molestas, interrumpirnos a cualquier hora del día. Se entrometen y arruinan lo que se está mirando. El problema de las «manchitas» ha llevado a más de uno al médico. El inevitable consejo es: no les haga caso y se irán. Lo cierto es que no se van; se quedan, pero, más allá de ellas, uno se concentra en el mundo y sus cambiantes objetos, como es debido.
Lo mismo con nuestra Musa. Si ponemos la atención más allá de ella, recupera el aplomo y se aparta.
Es mi opinión que para Conservar a una Musa, primero hay que ofrecerle comida. Cómo se alimenta a algo que todavía no está ahí es un poco difícil de explicar. Pero vivimos en un clima de paradojas. Una más no debería hacernos daño.
El hecho es harto simple. A lo largo de nuestra vida, ingiriendo comida y agua, construimos células, crecemos y nos volvemos más grandes y sustanciosos. Lo que no era, ahora es. El proceso no se puede detectar. Sólo se percibe a intervalos. Sabemos qué está sucediendo, pero no muy bien cómo ni por qué.
De modo parecido, a lo largo de la vida nos llenamos de sonidos, olores, sabores y texturas de personas, pasajes y acontecimientos grandes y pequeños. Nos llenamos de las impresiones y experiencias y de las reacciones que nos provocan. Al inconsciente entran no sólo datos empíricos sino también datos reactivos, nuestro acercamiento o rechazo a los hechos del mundo.
De esta materia, de este alimento, se nutre La Musa. Ése es el almacén, el archivo, al que hemos de volver en las horas de vigilia para cotejar la realidad con el recuerdo, y en el sueño para cotejar un recuerdo con otro, y exorcizarlos si hace falta.
Lo que para todos los demás es El Inconsciente, para el escritor se convierte en La Musa. Son dos nombres de lo mismo. Pero independientemente de cómo lo llamemos, allí está el centro del individuo que fingimos encomiar, al que alzamos altares y de la boca para fuera lisonjeamos en nuestra sociedad democrática. Porque sólo en la totalidad de su propia experiencia, que archiva y olvida, es cada hombre realmente distinto de todos los demás. Pues nadie asiste en su vida a los mismos acontecimientos en el mismo orden. Uno ve la muerte antes que otro, o conoce el amor más temprano. Cuando dos hombres ven el mismo accidente, cada uno lo archiva con diferentes referencias, en otro lugar de su alfabeto único. En el mundo no hay cien elementos; hay dos billones. Cada uno dejará una marca diferente en espectroscopios y balanzas.
Sabemos qué nuevo y original es cada hombre, incluso el más lerdo e insípido. Mi padre y yo no fuimos realmente grandes amigos hasta muy tarde. El lenguaje, el pensamiento cotidiano de él no era muy excepcional, pero bastaba que yo dijera «Papá cuéntame cómo era Tombstone cuando tenías diecisiete años», o «¿Y los trigales de Minnesota cuando tenías veinte?», para que papá se largara a hablar de cómo había huido de su casa a los dieciséis, rumbo al oeste a comienzos de este siglo, antes de que se fijaran las fronteras, cuando en vez de autopistas sólo había sendas de caballos y vías de tren y en Nevada arreciaba la Fiebre del Oro.
El cambio en la voz de papá, la aparición de las cadencias o las palabras justas, no sucedían en el primer minuto, ni en el segundo ni en el tercero. Sólo cuando había hablado, cinco o seis minutos y encendido su pipa, volvía de pronto la antigua pasión, los días pasados, las viejas melodías, el tiempo, la apariencia del sol, el sonido de las voces, los furgones surcando la noche profunda, los barrotes, los raíles estrechándose detrás de un polvo dorado a medida que adelante se abría el Oeste: todo, todo y allí la cadencia, el momento, los muchos momentos de verdad y por lo tanto de poesía. De pronto La Musa se había presentado a papá. La Verdad se le acomodaba en la mente. El Inconsciente se ponía a decir lo suyo, intacto, y le fluía por la lengua. Como debemos hacer nosotros cuando escribimos. Como podemos aprender de todo hombre, mujer o niño de alrededor, cuando, conmovidos o emocionados, cuentan algo que hoy, ayer o algún otro día los despertó al amor o al odio. En algún momento, después de chisporrotear húmedamente, la mecha destella y empiezan los fuegos artificiales.
Ah, para muchos es un trabajo duro y difícil meterse con el lenguaje. Pero yo he oído a granjeros hablar de su primera cosecha de trigo en la primera granja de un estado, recién llegados de otro, y aunque no eran Robert Frost parecían su primo tercero. He oído a conductores de locomotoras hablar de América en el tono de Thomas Wolfe, que recorrió nuestro país con estilo como lo recorrían ellos con acero. He oído a madres contar la larga noche de su primer parto y el miedo del que bebé muriese. Y he oído a mi abuela hablar de la primera pelota que tuvo, a los siete años. Y, cuando se les entibiaban las almas, todos eran poetas.
Si parece que he tomado el camino más largo, quizá sea así. Pero quería mostrar qué llevamos todos dentro, eso que siempre ha estado allí y tan pocos nos molestamos en tener en cuenta. Qué extraño… Tanto nos ocupa mirar fuera, para encontrar formas y medios, que nos olvidamos mirar dentro.
Para recalcar la cuestión, pues, La Musa está ahí, almacén fantástico, todo nuestro ser. Todo lo más original sólo espera que nosotros lo convoquemos. Y sin embargo sabemos que no es tan fácil. Sabemos cuán frágil es la trama tejida por nuestros padres o tíos o amigos, a quienes una palabra equivocada, un portazo o una sirena de bomberos pueden destruir el momento. Así, también, el embarazo, la timidez o el recuerdo de las críticas pueden endurecer a la persona media de modo que cada vez sea menos capaz de abrirse.
Digamos que todos nos hemos alimentado de la vida, primero, y más tarde de libros y revistas. La diferencia es que una de esas series de acontecimientos nos sucedió, y la otra fue alimentación deliberada.
Si vamos a poner nuestro inconsciente a dieta, ¿cómo preparar el menú?
Bien, la lista podría empezar así:
Lea usted poesía todos los días. La poesía es buena porque ejercita músculos que se usan poco. Expande los sentidos y los mantiene en condiciones óptimas. Conserva la conciencia de la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. Y, sobre todo, la poesía es metáfora o símil condensado. Como las flores de papel japonesas, a veces las metáforas se abren a formas gigantescas. En los libros de poesía hay ideas por todas partes; no obstante, qué pocos maestros del cuento recomiendan curioseados.
Mi cuento «La costa en el crepúsculo» es resultado directo de haber leído el encantador poema de Robert Hillyer sobre el encuentro de una sirena cerca de Plymouth Rock. Mi cuento «Vendrán lluvias suaves» se basa en el poema así titulado de Sara Teasdale, y el cuerpo del cuento engloba el tema del poema. De «Aunque siga brillando la luna» de Byron surgió un capítulo de mi novela Crónicas marcianas, que habla de una raza muerta de marcianos que por las noches ya no rondarán los mares vacíos. En estos casos, y docenas más, hice que una metáfora saltara hacia mí, me diera impulso y me lanzara a escribir una historia.
¿Qué poesía? Cualquiera que ponga de punta el pelo de los brazos. No se esfuerce usted demasiado. Tómeselo con calma. Con los años puede alcanzar a T. S. Eliot, caminar junto con él e incluso adelantársele en su camino a otros pastos. ¿Dice que no entiende a Dylan Thomas? Bueno, pero su ganglio sí lo entiende, y todos sus hijos no nacidos. Léalo con los ojos, como podría leer a un caballo libre que galopa por un prado verde e interminable en un día de viento.
¿Qué más conviene a nuestra dieta?
Libros de ensayo. También aquí escoja y seleccione, paséese por los siglos. En los tiempos previos a que el ensayo se volviera menos popular encontrará mucho que escoger. Nunca se sabe cuándo uno querrá conocer pormenores sobre la actividad del peatón, la crianza de abejas, el grabado de lápidas o el juego con aros rodantes. Aquí es donde hará el papel de diletante y obtendrá algo a cambio. Porque, en efecto, estará tirando piedras a un pozo. Cada vez que oiga un eco de su Inconsciente se conocerá un poco mejor. De un eco leve puede nacer una idea. De un eco grande puede resultar un cuento.
Busque libros que mejoren su sentido del color, de la forma y las medidas del mundo. ¿Y por qué no aprender sobre los sentidos del olfato y el oído? A veces sus personajes necesitarán usar nariz y orejas para no perderse la mitad de los olores y sonidos de la ciudad, y todos los sonidos del páramo libres aún en los árboles y la hierba de los parques.
¿Por qué esta insistencia en los sentidos? Porque para convencer al lector de que está ahí hay que atacarle oportunamente cada sentido con colores, sonidos, sabores y texturas. Si el lector siente el sol en la carne y el viento agitándole las mangas de la camisa, usted tiene media batalla ganada. Al lector se le puede hacer creer el cuento más improbable si, a través de los sentidos, tiene la certeza de estar en el medio de los hechos. Entonces no se rehusará a participar. La lógica de los hechos siempre da paso a la lógica de los sentidos. A menos, claro, que cometa usted algo realmente imperdonable que saque al lector del contexto, como hacer que la Revolución Norteamericana triunfe con ametralladoras o presentar dinosaurios y cavernícolas en la misma escena (vivieron en épocas separadas por millones de años). Y aun en este último caso, una Máquina del Tiempo bien descrita y técnicamente perfecta puede volver a suspender la incredulidad.
Poesía, ensayos. ¿Y qué de los cuentos y las novelas? Por supuesto. Lea a los autores que escriben como espera escribir usted, que piensan como le gustaría pensar. Pero lea también a los que no piensan como usted ni escriben como le gustaría, y déjese estimular así hacia rumbos que quizá no tome en muchos años. Una vez más, no permita que el esnobismo ajeno le impida leer a Kipling, por ejemplo, porque no lo lee nadie más.
[…]
Así pues, la Alimentación de la Musa, a la cual hemos dedicado aquí la mayor parte del tiempo, me parece una continua persecución de amores, una comparación de esos amores con las necesidades presentes y futuras, un paso de texturas simples a complejas, de ingenuas a informadas, de no intelectuales a intelectuales. Nada se pierde nunca. Si uno ha transitado vastos territorios y se ha atrevido a amar tonterías, habrá aprendido hasta de los artículos más primitivos que alguna vez recogió y descartó. Una curiosidad errante por todas las artes, de la mala radio al buen teatro, de las canciones de cuna a la sinfonía, de la choza en la selva al Castillo de Kafka, siempre encontrará una excelencia básica que discernir, una verdad que guardar, saborear y utilizar más tarde, algún día. Hacer todo eso es ser una criatura de su tiempo.
No dé la espalda, por dinero, al material que ha acumulado en una vida. No dé la espalda, por la vanidad de las publicaciones intelectuales, a lo que usted es; al material que lo hace singular, y por tanto indispensable a los otros.
Para alimentar a su Musa, pues, es preciso que usted siempre haya tenido hambre de vida, desde niño. De lo contrario es un poco tarde para empezar. Claro que mejor tarde que nunca. ¿Aún se siente dispuesto?
De ser así, tendrá que dar largos paseos nocturnos por su ciudad o su pueblo, o paseos de día por el campo. Y largos paseos, a cualquier hora, por librerías y bibliotecas.
[…]
Alimentarse bien es crecer. Trabajar bien y constantemente es mantener en condición óptima lo que se ha aprendido y se sabe. Experiencia. Labor. Son las dos caras de la moneda que cuando gira de canto no es ni experiencia ni trabajo sino el momento de la revelación. Por ilusión óptica, la moneda se vuelve redonda, brillante, un arremolinado globo de vida. Es el momento en que la hamaca del porche cruje levemente y una voz habla. Todos contienen el aliento. La voz se eleva y cae. Papá habla de otros años. De sus labios surge un fantasma. Agitándose, el inconsciente se restrega los ojos. La Musa se aventura a los helechos que hay bajo porche, desde donde, dispersos en la hierba, escuchan los muchachos del verano. Las palabras se vuelven poesía y a nadie importa, porque nadie ha pensado llamarla así. He aquí el tiempo. He aquí el amor. He aquí el cuento. Un hombre bien alimentado guarda y serenamente da cauce a su infinitesimal porción de eternidad. En la noche estival parece grande. Y lo es, como lo fue siempre en todas las edades, cuando hubo un hombre con algo que contar y otros, tranquilos y sabios, que escucharan.
«Zen el arte de escribir». Editorial Minotauro, 1995.
noviembre 1, 2011 0 comments
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ENTREVISTA A HEBE UHART

by mondoescrito octubre 17, 2011
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JUAN CARLOS ONETTI – A FONDO (TVE 1977)

by mondoescrito octubre 3, 2011
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