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Kafka

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EL HUMOR KAFKIANO SEGÚN AIRA

by mondoescrito mayo 19, 2014
written by mondoescrito

Vía Carcaj  

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“Prólogo” a La metamorfosis, Colección de Bolsillo / Editores Independientes.

LOM Ediciones (Chile) – Ediciones ERA (México) – Ediciones Trilce (Uruguay) – Ediciones Txalaparta (País Vasco, España)

 

Kafka tenía veintinueve años en 1912, cuando en las noches entre el 18 de noviembre y el 6 de diciembre escribió La metamorfosis. No fue el primer acontecimiento memorable de ese año crucial de su vida. Poco antes, en agosto, había conocido, en la misma Praga donde vivía, a una berlinesa de paso, Felice Bauer, con la que inició una correspondencia apasionada en la constan los detalles de lo que sucedió después. En la noche del 22 al 23 de septiembre escribió su primera obra maestra, “La condena”. Días después escribía “El fogonero”, y luego seis capítulos que lo continuaban (el proyecto era hacer una novela que se llamaría El desaparecido y que en su publicación póstuma se tituló América). Y en diciembre salió de la imprenta su primer libro, Contemplación, compuesto de textos escritos en años anteriores.

Contra lo que ha difundido la leyenda, la vida de Kafka no fue sórdida ni lúgubre ni especialmente atormentada. Era un hombre apuesto, elegante, con una rica vida social, abogado de una compañía semiestatal de seguros, en la que hizo una carrera brillante (indagaciones recientes en archivos han revelado su impecable eficiencia: nunca perdió un juicio). Ni siquiera le faltó ese amigo fiel y profético, que casi todos los grandes escritores han tenido, que creyó en su genio desde la adolescencia. Y como constituyen la materia de buena parte de su obra podríamos sospechar que se los creó para poder escribir.

Las cartas a Felice dan cuenta de los inconvenientes que le planteaba a Kafka la convivencia con los padres. El departamento en que vivían, si bien amplio y cómodo, lo obligaba a una contigüidad que su neurastenia le hacía insoportable. Por un motivo u otro, los padres y la hermana parecían empeñados en negarle la paz que necesitaba una calma perfecta, en la casa y en su espíritu, y se había convencido de que el único modo de obtener algo bueno era escribirlo de un tirón, sin interrupciones, sin levantar la vista del cuaderno (así fue escrita La condena). Lo ideal habría sido una noche larguísima, en un sótano cerrado con siete llaves, a mil leguas del resto del mundo y sobre todo de su familia. Desconfiaba de un relato que le llevara más de una noche, y hasta prefería no retomarlo. Así fue como dejó muchos sin terminar.

También aquí habría que corregir (parcialmente) la leyenda de la gran obra inédita y secreta. En realidad Kafka publicó todo lo que “escribió”, ya que a este verbo lo definía por el cierre del “final”; en la primera línea de cualquier relato debía hallarse ya el “final implícito”, que la escritura subsiguiente no hacía más que revelar. Este sistema imponía una tensión que podría quebrarse a la menor interrupción. Al menos Kafka avizoró una evolución de sus hábitos, que le permitiría escribir novelas. Las tres que intentó quedaron inconclusas. De las narraciones que llevó a término, La metamorfosis es la que más se parece a una novela, la única en que la acción se continúa de un día al siguiente, como pasó con el trabajo que escribía.

Aunque no fueron muchos días. En una carta de fines de octubre de 1912 Kafka le cuenta a Felice de una terrible pelea con los padres, tan violenta que calculaba que no volvería a dirigirles la palabra en quince días… La cuenta da más o menos la fecha de redacción de La metamorfosis. Fue el tercero de los grandes relatos de ese año, y cerró el período de inspiración que había desencadenado su encuentro con Felice. De la lectura que hacía de ellos Kafka puede dar una idea su intención (que no se realizó: los tres salieron como libros individuales) de reunirnos en un volumen bajo el título “Hijos”. La condición de hijo se modula de distinta forma en la distinta condición de terminado-interminable de cada uno de los tres relatos: “La condena”, el único escrito en la circunstancia ideal de una-sola-sesión, es el único auténticamente terminado (todo el cuento es un soberbio final, sorpresivo desde la primera línea); “El fogonero” fue continuado en secreto, aun después de haberse publicado como libro, y la aventura de su protagonista Karl Rossman entra en el mecanismo infinito de las novelas; La metamorfosis es el caso más intrigante. Todos sus lectores lo han dado por concluido y cerrado; todos, salvo Kafka, que siguió desconforme y buscando la continuación, efecto de la maldición original de no haberlo terminado en una sola noche. Para nosotros el asunto solo puede ser objeto de especulación; quizás la clave esté no en el final sino en el comienzo, en ese despertar de “un sueño intranquilo”, que a juzgar por el estado de ánimo del autor en esa época solo podía ser una pesadilla en la que los padres inventaban otra excusa para impedirle escribir en paz. Para él la escritura era el camino por el cual llegar a tener una vida propia; gracias a su práctica literaria esperaba poder salir al otro lado de la serie infinita de imposibilidades y postergaciones que lo mantenían dentro del seno familiar.

Completar La metamorfosis, tal como podemos leerla, a lo largo de esa docena de noches, no debe de haber sido demasiado difícil por ser su desarrollo casi mecánico y salir inexorable de la premisa inicial, la transformación que ha tenido lugar la noche anterior al comienzo. A la historia le basta con seguir el hilo del interés por las grandes o pequeñas cuestiones prácticas que se van suscitando. Se trata de una comedia familiar, un poco al estilo “soap opera” de televisión; su mecanismo no difiere del de Alf o Mister Ed o cualquiera de esas pueriles diversiones que surgen de introducir un elemento extraño en la menos extraña de las situaciones. Un elemento que podríamos calificar de “diferente” (porque cualquier otro adjetivo, como “fantástico”, “sobrenatural”, “simbólico”, se quedaría corto), uno solo pero que basta para cambiarlo todo.

Según testimonio de un amigo suyo, Kafka consideraba humorístico este relato. Y en efecto, ¿cómo podríamos considerarlo trágico, o siquiera patético? ¿Acaso alguien se ha transformado en insecto alguna vez? Solo podríamos tomarlo en serio si lo aceptáramos como símbolo o metáfora y los simbolismos. Esta transformación en insecto no es algo que le pasea la gente, no es un “caso” que haya que explicar. Es algo que pasó una sola vez, lo que los astrofísicos llaman una “singularidad”, como el Universo. Con ella no se puede hacer otra cosa que contarla.

 César Aira

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mayo 19, 2014 0 comments
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MARIO LEVRERO / UNO DE NOSOTROS

by mondoescrito febrero 24, 2014
written by mondoescrito

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Compartimos este retrato del escritor Mario Levrero realizado por  «Uno de nosotros«, una serie producida por la televisión uruguaya.

Mario Levrero fue una figura de cien aristas: creador de crucigramas,  fotógrafo, librero, guionista de cómics, interesado en los fenómenos paranormales, amante de la literatura de Kafka, del surrealismo, del policial, y, finalmente, un maestro para muchos de nosotros.

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ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE LOS GRACIOSO QUE ES KAFKA (DAVID FOSTER WALLACE)

by mondoescrito mayo 12, 2013
written by mondoescrito
Vía  Aquella M

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Una de las razones de que esté dispuesto a hablar en público sobre un tema para el que estoy extremadamente poco cualificado es que me otorga la oportunidad de leer para ustedes un relato de Kafka que ya he dejado de enseñar en las clases de literatura y que echo de menos poder leer en voz alta. Se titula “Una pequeña fábula”:

—Caramba —dijo el ratón—, el mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que me daba miedo. Yo corrí y corrí sin parar y me alegré de ver por fin las paredes lejanas a un lado y a otro. Pero esas largas paredes se han estrechado tan deprisa que ya estoy en el último cuarto, y ahí en el rincón está la trampa en la que tengo que meterme.

—Solamente tienes que cambiar de dirección —dijo el gato, y se lo comió.

Algo que a mí me frustra rotundamente cuando estoy intentando leer a Kafka ante estudiantes universitarios es que me resulta casi imposible hacerles ver que Kafka es gracioso. O apreciar la forma en que el humor está entremezclado con la poderosa fuerza de sus relatos. Porque, por supuesto, los grandes relatos y los grandes chistes tienen mucho en común. Los dos dependen de lo que los teóricos de la comunicación llaman a veces “exformación”, que es cierta cantidad de información vital eliminada de una comunicación pero evocada por la misma de tal manera que causa una explosión de conexiones asociativas con el receptor. A esto se debe probablemente el hecho de que el efecto tanto de los relatos como de los chistes a menudo resulte repentino y percusivo, como la apertura de una válvula que lleva tiempo atascada. No es casual que Kafka hablara de la literatura como de “un hacha con la que cortamos los mares congelados que tenemos dentro”. Tampoco es accidental que el logro técnico de los grandes relatos se denomine a menudo “compresión”, ya que tanto la presión como la liberación se encuentran de antemano dentro del lector. Lo que Kafka parece capaz de hacer mejor que cualquier otro es orquestar el aumento de la presión de tal forma que se vuelve intolerable en el momento preciso en que se libera.

La psicología de los chistes ayuda a explicar una parte del problema que supone enseñar a Kafka. Todos sabemos que no hay mejor manera de vaciar un chiste de su magia peculiar que intentar explicarlo: señalar, por ejemplo, que Lou Costello está confundiendo el nombre propio Who por el pronombre interrogativo inglés who, etcétera. Y todos sabemos la extraña antipatía que producen en nosotros esas explicaciones, una sensación no tanto de aburrimiento como de ofensa, como si se hubiera pronunciado una blasfemia. Esto se parece mucho a lo que siente un profesor cuando pasa un relato de Kafka por los engranajes del análisis crítico estándar de un curso de licenciatura: hay que seguir atentamente la trama, decodificar símbolos, exfoliar los temas, etcétera. Kafka, por supuesto, estaría en una posición privilegiada para apreciar la ironía de someter sus relatos a esa especie de maquinaria crítica de elevada eficacia, el equivalente literario a arrancar los pétalos y molerlos y pasar el mejunje resultante por un espectrómetro para explicar por qué una rosa huele tan bien.

Franz Kafka, al fin y al cabo, es el escritor de relatos cuyo “Poseidón” imagina a un dios del mar tan abrumado por el papeleo administrativo que nunca consigue navegar ni nadar, y cuyo “En la colonia penitenciaria” concibe la descripción como un castigo y la tortura como edificante y al crítico supremo como un rastrillo de púas cuyo golpe de gracia es una estaca en la frente.

Otro obstáculo, hasta para los buenos estudiantes, es que —a diferencia, por ejemplo, de lo que pasa con Joyce o Pound— las asociaciones exformativas que crea la obra de Kafka no son intertextuales ni siquiera históricas. Las evocaciones de Kafka son más bien inconscientes y casi más bien subarquetípicas, esas cosas primordiales e infantiles de las que derivan los mitos. Es por eso por lo que solemos calificar sus relatos más extraños de “pesadillescos” más que “surrealistas”. Las asociaciones exformativas en Kafka también son a la vez simples y extremadamente ricas, y a menudo resulta casi imposible elaborar discursos sobre las mismas: imaginen, por ejemplo, pedirle a un estudiante que despliegue y organice las diversas redes de significados que hay detrás de ratón, mundo, correr, paredes, estrecharse, cuarto, ratonera, gato y gato se come a ratón.

Por no mencionar el hecho de que la clase particular de humor que Kafka despliega es profundamente ajeno a los estudiantes cuyas resonancias neurales son americanas. Lo cierto es que el humor de Kafka no usa casi ninguna de las formas y códigos particulares del entretenimiento americano contemporáneo. No hay juegos de palabras recurrentes ni acrobacias aéreas verbales, y casi nada que tenga que ver con chistes ni con sátira mordaz. En Kafka no hay humor sobre funciones corporales, ni dobles sentidos sexuales, ni intentos estilizados de rebelarse ofendiendo a las convenciones. Nada de bufonadas pynchonianas con pieles de plátano ni adenoides traviesos. No hay priapismo a lo Philip Roth ni metaparodia a lo John Barth ni quejas continuas como las de Woody Allen. No hay ninguna de las inversiones de opereta de las modernas comedias de situación. Tampoco hay niños precoces ni abuelos malhablados ni compañeros de trabajo cínicamente insurgentes. Y tal vez lo más extraño de todo, las figuras de autoridad de Kafka nunca son simples bufones huecos a los que ridiculizar, sino que resultan siempre absurdos y temibles y tristes, todo al mismo tiempo, como el teniente de “En la colonia penitenciaria”.

Lo que quiero decir no es que su ingenio sea demasiado sutil para los estudiantes americanos. De hecho, la única estrategia medio eficaz que se me ha ocurrido para explorar el humor de Kafka pasa por sugerirles a los estudiantes que gran parte del mismo en realidad es poco sutil, o más bien antisutil. Lo que afirmo es que la gracia de Kafka se basa en una especie de literalización radical de verdades que solemos tratar en forma de metáforas. Les transmito mi opinión de que algunas de nuestras intuiciones colectivas más profundas parecen expresables únicamente como figuras retóricas, y les digo que es por eso por lo que a esas figuras retóricas las llamamos “expresiones”. Respecto a La metamorfosis, entonces, puedo invitar a los estudiantes a reflexionar sobre lo que estamos expresando realmente cuando nos referimos a alguien como “asqueroso” o “repulsivo” o decimos que alguien está obligado a “comer mierda” como parte de su trabajo. O a releer “En la colonia penitenciaria” a la luz de expresiones inglesas como tongue-lashing (“echar bronca”, literalmente “azotar con la lengua”) o tore him a new asshole (“le dio una buena tunda”, literalmente “le perforó un agujero nuevo en el culo”), o el refrán “Al llegar la mediana edad, todo el mundo tiene la cara que se merece”. O a abordar “Un artista del hambre” basándose en tropos del estilo “hambriento de atención” o “hambriento de amor”, o al doble sentido de la expresión “negación de uno mismo”, o hasta basándose a un dato tan inocente como el hecho de que resulta que la raíz etimológica de la palabra “anorexia” es la palabra griega que significa “nostalgia”.

Esto suele acabar interesando a los estudiantes, lo cual es genial; pero la culpa deja al profesor un poco tembloroso, porque la táctica de la comedia entendida como la literalización de la metáfora no logra contener ni de lejos la alquimia más profunda por la cual la comedia de Kafka es siempre también tragedia, y esta tragedia es siempre también un placer inmenso y reverente. Esto normalmente conduce a una hora atroz durante la cual doy marcha atrás y aviso a los estudiantes de que, pese a todo su ingenio y su voltaje exformativo, los relatos de Kafka no son fundamentalmente chistes, y que el humor negro más bien simple y lúgubre que enmascara tantas de las declaraciones personales de Kafka —cosas como “Hay esperanza, pero no para nosotros”— no es lo que conforma el eje de sus historias.

Lo que los relatos de Kafka tienen es más bien una grotesca, magnífica y completamente moderna complejidad, una ambivalencia que se convierte en la lógica multivalente inclusiva del, entre comillas, “inconsciente”, que yo personalmente creo que no es más que una forma sofisticada de llamar al alma. El humor de Kafka —que no solo no es neurótico sino que es antineurótico, heroicamente cuerdo— es, en última instancia, humor religioso, pero religioso al estilo de Kierkegaard y Rilke y los Salmos, una espiritualidad desgarradora contra la cual hasta la gracia sanguinaria de la señora O’Connor parece un poco fácil, y las almas en juego prefabricadas.

Y es esto, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante. No es que los estudiantes no “comprendan” el humor de Kafka, sino que los hemos enseñado a ver el humor como algo que se comprende, de la misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un “yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a la pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no “comprendan” a Kafka. Se les puede pedir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no solo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación total por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre… y se abre hacia fuera: que durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos. Das ist komisch.


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(1999)
David Foster Wallace / Hablemos de langostas
mayo 12, 2013 0 comments
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