Los descalificados de César Aira

by mondoescrito

En esta entrevista César Aira se le da por ponerse cortar cabezas a unos cuantos próceres de la literatura universal. Por suerte con él la cosa nunca se queda el gesto meramente provocativo, y tras el movimiento de katana uno intuye una manera de leer.

Este fragmento pertenece a una extensa entrevista que le hizo Daniel Molina en 1993. Aquí pueden leer una versión más extendida.

Muchas veces te referiste favorablemente a Borges, pero hace poco afirmaste que no te interesa más. ¿Es cierto o te guía el espíritu de provocación?

Puede ser que haya en esta afirmación ese gusto por la provocación que trato de no perder. Eso era algo que, en el medio ambiente en que me formé, en ese clima, ahora tan devaluado, de las vanguardias, era constitutivo. Pero también hay una cosa totalmente biográfica: Borges me fue dejando de gustar a medida que maduraba. Creo sinceramente que es literatura para la juventud, aunque admito que puedo equivocarme.

Además de Borges, descalificaste a dos de los “intocables” de la literatura moderna: Joyce y Flaubert, ¿por qué?

Son escritores para la Academia, para ser leídos por la Universidad, que es nuestra Academia. Sus obras están hechas para que se realice con ellas ese tipo de trabajo que se hace en la universidad. Lo de Joyce fue reciente. Sucedió cuando tuve hepatitis, lo cuento en el librito que se va a publicar ahora. El culpable fue Luis Chitarroni. Había prometido traerme un libro perfecto para leer teniendo hepatitis, La guerra y la paz, que no había leído. No sé qué le pasó y no vino como es su costumbre. Entonces miré mi biblioteca, saqué Ulises y me puse a releerlo. Me quería morir. Con Joyce podés ocupar tu tiempo. Da pie para un trabajo erudito. Pero me parece que la literatura es otra cosa, que anula el tiempo. En Joyce falta ese momento en que todo se borra, explota. En cambio, quizá fui injusto con Flaubert. Lo que rechazo de él es el desprecio. Esa cosa de escribir porque se odia algo, la clase media pueblerina, por ejemplo. Pero en Madame Bovary hay una cosa buena, el amor del señor Bovary por su mujer. Es una traición al propio Flaubert. Él quiso poner toda la mediocridad en ese hombre y no se le ocurrió que un hombre que realmente ama a las mujeres no puede ser estúpido.

Además de los clásicos, ¿leés también y con el mismo placer a los contemporáneos?

Leo de todo. Pero los contemporáneos, en general, no me causan el mismo placer. Los leo y me pregunto, casi siempre, ¿qué le habrán visto? Me refiero a nivel mundial, no sólo a la literatura argentina. Alberto Girri dijo algo que me parece acertado. Él creía que cuando un artista ya tiene su obra en marcha, cuando ha crecido, ya no pude tener esa maravillosa generosidad y apertura que quizá tuvo en sus comienzos. No es por mezquindad, sino porque se cierran compuertas en uno. Leí a Martin Amis por recomendación de Chitarroni. Lo lamenté muchísimo. En cambio, me gustó otro inglés, Ishiguro. Tiene una cosa interesante, lo hace dudar a uno, “¿será realmente bueno o será un buen simulacro?”. Esa duda es buena; cuando ella existe es que hay mucho. Con Martin Amis eso no pasa porque él juega todas sus fichas a ser un genio.

Nabokov también posa de genio.

Nabokov era mi bestia negra. Traté infructuosamente de convencer a mis amigos de que era malo. Pertenece a la clase de escritor que no me interesa. Es el escritor-gentleman, cae siempre bien parado. Con Lolita casi, casi fue interesante, pero en seguida lo arregló. Siguió siendo el mismo Nabokov. Por el contrario, me interesa la inteligencia de los escritores ingleses que escriben crítica. Por ejemplo, Chesterton. El otro día leí un libro suyo que no sé si está traducido, La edad victoriana en la literatura. Qué placer. Está envenenado por toda la cosa católica que él tenía, era un fanático. Pero aun así, cada vez que pega el alfilerazo es perfecto. De Emily Brontë dice: “Es un caso de esas imaginaciones fuertes que no pueden impedirse ver en el sexo opuesto a un monstruo”. Acto seguido, compara a las dos hermanas: “Emily es tan insociable como una tormenta a medianoche, en cambio Charlotte es cálida y doméstica como una casa en llamas”. Los críticos ingleses tienen siempre presente al common reader, al lector común. Ahí está Wilde y De Quincey y tantos otros. Hacen ese tipo de razonamiento del que Borges tomó todo.

Es que Borges era un lector excepcional. Más que qué leer, él sabía cómo leer…

Ahí está todo. Hace poco traduje un libro de Joseph Campbell, el mitólogo norteamericano. Es un jungiano, medio fascista. Cuando empecé la traducción no me interesaba mucho. Pero llegué a un párrafo maravilloso. Ese párrafo lo decía todo… El libro es la reproducción de unas conversaciones con un tipo de la televisión. El entrevistador está todo el tiempo diciendo: “Dime, Joe, ¿cómo es eso de la Iluminación… qué es la trascendencia?” Campbell responde: “Bueno, Bill el asunto es así y así”. Después de hablar de los chakras y del Bhagavad Gita, Bill le pregunta, “Joe, ¿pero cómo se llega a la trascendencia?” Ahí Campbell le dice: “Mira, Bill, hay un modo muy fácil de llegar a la trascendencia. Consiste en sentarse en un sillón de tu casa, abrir un buen libro y leerlo. Nunca hay que leer por curiosidad. Agarra un ‘buen libro’, Kafka, por ejemplo. Léelo todo. Después lee otros libros de ese autor, hasta leerlos todos. Después lee la correspondencia de ese autor, sus diarios íntimos, las notas, los papeles póstumos. Una vez que termines con eso, lee la biografía, si hay otras lee otras. Después todo lo que se ha escrito sobre ese autor. Más tarde lee los autores que él leía… Ahí vas a ver cómo se empieza a abrir la trascendencia”.

Eso es exactamente la cosa. Ahí podés ver cómo el producto es descartable cuando vas hacia eso tan extraño que es la literatura. Yo siempre leí así, desde niño. En cambio, si uno lee por curiosidad, si se dice a uno mismo: “¿Cómo escribirá Gide?” y va y lee un libro de Gide para enterarse, bueno eso no es nada. No da nada. Esa lectura no lleva a la literatura.

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