
La providencia me trajo hace poco el descubrimiento tardío de Tobías Wolff. Escritor norteamericano, sobre todo de cuentos y novelas, y profesor de literatura en la Universidad Stanford. Solo puedo dar cuenta de un par de sus libros, pero me alcanzan y sobran para reconocer un narrador fuera de serie.
Les dejo aquí un fragmento de un reportaje que no tiene desperdicio:
—Hablando sobre Chéjov, usted dijo: «Su arte surge de profundas intuiciones que no pueden ser dichas de ninguna otra manera…».
—Así es… ¿qué podemos decir que no pueda ser dicho en un ensayo, un editorial, un manifiesto? Ciertos movimientos del espíritu que ni siquiera la persona que los experimenta puede ser capaz de articular, pero que el escritor puede de alguna forma hacerlos suyos, darles cuerpo y vida, y que logras reconocer a un nivel mucho más profundo que lo que lograrías si simplemente los mencionaras. Te doy un ejemplo muy antiguo: puedes decir «la guerra es terrible… convierte a los niños en huérfanos, a las mujeres en viudas…». Bueno, eso es cierto, supongo, y ya ha sido dicho muchas veces; tantas que seguramente era un cliché incluso en tiempos de Homero. Por eso, cuando Homero está escribiendo La Ilíada se encuentra con ese problema: ¿cómo lo supera? Nos muestra a Héctor yendo a despedirse de su hijo antes de su encuentro con Aquiles. Toma a su hijo en brazos, y el niño se aterroriza con el vaivén del penacho del casco de Héctor y huye de su padre, justo cuando él se marchaba probablemente para morir. Esa es una manera de decir todas esas cosas, con una sola imagen, que es mucho más profunda y humana que cualquier ensayo, cualquier estadística… todo palidece al lado de esa breve imagen en La Ilíada. Eso es lo que todo escritor intenta hacer: encontrar la imagen o el momento esencial que el lector reconozca.
—¿Y el escritor tiene conciencia en ese momento de lo que está haciendo, sabe realmente lo que está diciendo?
—No creo que puedas «diseñar» un momento como ese antes de tenerlo. Es una inspiración, un regalo que te llega en ese instante. Luego, cuando vuelves sobre lo que escribiste piensas en esas cosas, y te preguntas si lograste capturar algo importante. Si no, se desecha: tal vez te gustó al escribirlo, pero es posible que sólo estés repitiendo algo que ya dijiste, y de un modo menos interesante, así que lo botas. Puede dolerte, pero debes hacerlo. Buena parte del esfuerzo consciente de la escritura llega después de haberla hecho. Los escritores deben ser dos personas al mismo tiempo: deben ser temerarios y echarlo todo afuera sin planificación ni diseño, y después deben ser un editor implacable de su propio trabajo. Y, a veces, durante la edición aparecen cosas mejores, más interesantes que las que habías escrito originalmente.
Te voy a contar una historia. Tengo una amiga, Carol Bly, ahora fallecida, una maravillosa cuentista, con la que conversé una vez acerca de estas segundas ideas, de estas revisiones. Algunos piensan que si cambias el original, lo estás matando, arruinando esa primera inspiración. Pero eso no es verdad, lo estás haciendo más verdadero, incluso más espontáneo…
Bueno, me habló de un cuento que estaba escribiendo y que tenía lugar en la zona rural de Minnesota, donde ella vivía: una mujer maneja su auto camino a Minneapolis, es primavera, todavía queda nieve en las calles mezclada con barro, y un camión le salpica el parabrisas y no la deja ver. Entra a un servicentro y, mientras el bombero le limpia el parabrisas, ella ve que el hombre está llorando. Y está llorando porque su novia lo abandonó… Eso es lo que había escrito, pero al revisar el cuento mi amiga pensó: «No, esto no es verdad: los hombres de por acá no lloran cuando sus novias los abandonan…».¿Entonces por qué está llorando…?, se preguntó. Y su respuesta fue: «Está llorando porque su perro cazador murió esa misma mañana». Cambió el cuento de manera brillante, porque es inesperado, es verdadero y porque describe toda una cultura, donde los hombres no lloran por sus novias, pero sí por sus perros… Ese es el tipo de cosas a las que uno aspira cuando edita un texto: darle tanta frescura, tanta espontaneidad. Es mucho más trabajo, eso sí. Lo que los escritores hacemos es trabajar para que nuestro trabajo desaparezca, para que el esfuerzo laborioso de escribir se desvanezca y creamos que nació así.
Aquí pueden leer la entrevista completa en La Tercera.
Abrazos y carajillos para tod@s
